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INNOVACIÓN

Hedy Lamarr, la musa de las telecomunicaciones

Una mente superdotada para la ciencia, una gran capacidad para el espionaje y un talento enorme para la interpretación

Praga, otoño de 1933. Una sinfonía de violines y piano recorre lentamente la escena. Las cortinas azotadas por el viento, las colillas bailando en el cenicero y dos almas que se debaten entre la razón y la lujuria componen la atmósfera de aquella habitación sórdida y oscura. Es la magia del cine clásico.

El tiempo se detiene sobre un viejo diván. Bajo la luz de un candil, y envuelta en sedas, Hedwing Eva María Kiesler, más tarde conocida como Hedy Lamarr, se desliza, acaricia el cabello de su amante y alcanza el clímax ante los ojos del director checo Gustav Machatý. Una alegoría al placer femenino en tiempos prohibidos. Un plano que revolucionaría para siempre la historia del séptimo arte. Nacía el mito erótico, la fantasía, la musa del cine en blanco y negro.

Paradojas del destino, aquella película, Éxtasis, símbolo de libertad de la mujer, significó el principio de su cautiverio. Poco después del estreno del largometraje, Lamarr fue prometida, en contra de su voluntad, con el magnate de la industria armamentística Friedrich Mandl. Un ferviente seguidor del fascismo que suministraba material bélico a las tropas de Hitler y Mussolini.

Confinada en una jaula de oro, y esclava de su propia suerte, dedicó su particular encierro a desarrollar sus estudios en ingeniería y a obtener información confidencial relacionada con los negocios de su esposo. Datos de inteligencia sobre armamento, sistemas de comunicaciones o tecnologías militares, entre otras cuestiones. Una información que entregaría al gobierno de los Estados Unidos en los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial.

Años más tarde, su imaginación, creatividad e ingenio le llevaron a elucubrar un astuto plan de fuga, más propio de un guion cinematográfico, para escapar de la tiranía de su marido. De Viena a París, de Paris a Londres, y de ahí a Hollywood, al olimpo de las estrellas. Volvía la actriz, crecía la fama, comenzaba la leyenda.

Pero cuanto más saboreaba las mieles del éxito en la meca del cine, mayor era su interés por innovar, crear y desarrollar nuevas tecnologías. Más allá de su gran aportación a la industria del celuloide, Hedy Lamarr dejó un legado imprescindible para entender nuestra sociedad actual.

A su conocida faceta como intérprete, hay que sumarle un enorme talento para inventar nuevas soluciones. Junto a su socio y amigo, George Antheil, fueron pioneros en la elaboración de un sistema secreto de comunicaciones. Este avance permitía evitar las escuchas de las potencias del Eje mediante el uso del espectro ensanchado por salto de frecuencia. De esta forma, el sistema podía proteger las comunicaciones norteamericanas al variar de forma aleatoria la transmisión de señales de radio entre las frecuencias del espectro magnético.

Si bien el gobierno norteamericano no adoptó este sistema hasta la década de los 60, el invento de Lamarr sentó las bases de las comunicaciones inalámbricas a larga distancia de hoy en día. Un sistema que podría considerarse como el precursor del Bluetooth y las conexiones WiFi actuales.

En la era del COVID-19, Netflix, Zoom, Skype o Slack se han convertido en herramientas imprescindibles para mantenernos conectados o disfrutar del entretenimiento. No obstante, todo esto no hubiera sido posible sin el descubrimiento de la musa del cine y las telecomunicaciones.

Así era Hedy Lamarr, una pionera en tiempos de guerra, una mujer adelantada a su época. Una mente superdotada para la ciencia, un sentido brillante para el espionaje y un talento enorme para la interpretación.

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