Ciudades que imitan a la naturaleza para cambiar el futuro
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Ciudades que imitan a la naturaleza para cambiar el futuro

Las ciudades concentrarán el 70% de la población a mediados de este siglo. Esta masificación traerá consigo un incremento del consumo de los recursos, pero también de los residuos generados, multiplicando la huella de carbono en la atmósfera. Para frenar este impacto, las ciudades buscan implantar nuevos modelos sostenibles inspirándose en la propia naturaleza.

Las infraestructuras verdes se multiplican en las urbes circulares, que imitan el comportamiento de la naturaleza para minimizar su impacto reciclando y reutilizando los recursos. Crédito: Chris Barbalis.

 

ISABEL RUBIO ARROYO | Tungsteno

La pandemia de coronavirus nos ha hecho soñar con unas ciudades más sostenibles. Ya sea por la necesidad de ganar espacios a los vehículos (para poder mantener el distanciamiento social en las calles) o por la aspiración de mantener a raya la contaminación (que ha caído a unos niveles mínimos históricos durante el confinamiento). En este contexto, resurge la idea de las ciudades circulares. Imaginarlas empieza por pensar en urbes más verdes, pero no basta con visualizar más parques y jardines: el sueño es mucho más ambicioso y pasa por imitar a la naturaleza, inspirándose en ella para crear infraestructuras urbanas verdes, como los tejados vegetales de Berlín.

Vista desde el cielo, la capital alemana no es verde solo por sus parques sino también por estas cubiertas ajardinadas, que siguen una tradición iniciada hace más de un siglo. Un estudio ha comprobado que los viejos tejados verdes de Berlín sobreviven mejor —frente al desgaste de la luz solar y las inclemencias del tiempo— que los tejados planos convencionales. Y esta idea florece ahora en la berlinesa Potsdamer Platz, con 30.000 metros cuadrados dedicados a gestionar las aguas pluviales mediante un entramado de techos verdes, espacios urbanos y un estanque de tratamiento.

Resistir mejor los chaparrones y aprovechar sus aguas es solo una de las aplicaciones de las infraestructuras verdes. El uso de vegetación en los techos y fachadas de los edificios busca también mejorar la calidad del aire, promover la biodiversidad, aumentar la vida útil de las superficies y refrescar las islas de calor urbanas. Y esa apuesta por la naturaleza frondosa y desbordante es, precisamente, una de las características de las ciudades circulares, que tratan de imitar su comportamiento.

El uso de vegetación en los techos y fachadas de los edificios mejora la calidad del aire, promueve la biodiversidad y aumenta la vida útil de las superficies. Crédito: Chuttersnap.

El objetivo del desperdicio cero

La multiplicación de los espacios naturales hace de Austin, capital de Texas, una de las más sostenibles del mundo. Cuenta con más de 250 parques y zonas verdes y persigue reducir en un 90% sus residuos antes de 2040. Entre las iniciativas para conseguirlo está el Austin Materials Marketplace, una plataforma que pone en contacto a quienes generan desechos difíciles de reciclar y compañías que pueden aprovecharlos. “Además de desviar los desechos de los vertederos, estas actividades de recuperación generan importantes ahorros en costos y energía, y crean nuevos empleos y oportunidades comerciales”, explica la compañía.

El modelo que guía estas ciudades está inspirado en el entorno natural, pero de una manera más integral: se busca minimizar los desechos y la contaminación al reducir, reciclar y reutilizar, pero también evitando la sobreexplotación de recursos. Son los principios de la denominada economía circular. Un planteamiento que busca un futuro alternativo a las actuales predicciones científicas que señalan que, para 2050, consumiremos tres veces más de los recursos de que dispone la tierra, y generaremos hasta un 70% más de residuos.

La propia Berlín y San Francisco son buen ejemplo de esa transición hacia una economía circular, más respetuosa con el medio ambiente. La urbe californiana, líder global en la estrategia de aprovechar al máximo los recursos finitos, fue la primera ciudad de Estados Unidos en exigir por ley a todos sus residentes y empresas la separación de residuos. A día de hoy, reutiliza el 80% de todos los desechos y pretende que toda la basura producida en la ciudad sea reciclada o compostada, con la aspiración de no generar desperdicio alguno en 2030.

Priorizar el transporte público, multiplicar espacios verdes y promover el uso compartido de los bienes es la base del modelo de urbe circular, como en Songdo (Corea del Sur). Crédito: Dream Architect.

Urbes sin coches pensadas para las personas

Estas iniciativas buscan también establecer nuevos modelos de relaciones entre los ciudadanos que procuren su bienestar. Un ejemplo es Copenhague. Además de reducir las emisiones de dióxido de carbono promoviendo el uso de la bicicleta frente al automóvil (un 62% de los residentes la utilizan a diario para ir al trabajo), en esta ciudad las jornadas laborales son más cortas que en gran parte de Europa, y se promueve un abanico de actividades deportivas gratuitas para sus residentes. De hecho, su población se encuentra entre las más saludables y felices del mundo.

Este intento de construir una ciudad sin coches también ha sido perseguido por diferentes ciudades de Corea del Sur. Songdo, situada a 65 kilómetros de Seúl, nació para convertirse en un ejemplo mundial de ciudad inteligente y totalmente sustentable. Allí se prioriza el transporte público, por lo que los coches de combustión interna no tienen permitido circular en la ciudad, y los colegios, parques, oficinas u hospitales están cerca de las zonas residenciales. En Seúl, más allá de la movilidad sostenible, la iniciativa Sharing City Seoul promueve el uso compartido de recursos públicos y privados con el objetivo de reducir los desperdicios a la vez que se crean oportunidades económicas, además de mejorar la calidad de vida. Con esta iniciativa, por ejemplo, se ha fomentado la recuperación de edificios abandonados, el alquiler de trajes a personas antes de las entrevistas de trabajo o la donación de ropa a menores.

Se espera que en los próximos años las ciudades no paren de crecer. Si en 2050 el 70% de la población mundial vivirá en núcleos urbanos, ¿cómo será la ciudad del futuro? La firma de arquitectura y planificación urbana Skidmore, Owings & Merrill se la imagina con vegetación y piscinas que recolecten y filtren el agua de la lluvia para su reutilización. Las construcciones tendrán jardines en sus techos para fomentar la agricultura a pequeña escala y turbinas eólicas para apostar por la energía limpia. Los edificios modulares verdes, con paredes y ventanas solares, se podrán construir a una mayor velocidad y generando menos desperdicios.

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