Entrevistas Innovación MIT Smart City

La smart city está muy de moda, pero poca gente ve la globalidad de lo que significa una ciudad inteligente

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El arquitecto español Luis Alonso lidera un proyecto del MIT para convertir Andorra en un laboratorio de planificación urbana mediante datos, tecnología y colaboración.

 

Por Jose Carlos Sánchez

“Los expertos en los problemas de las ciudades son la gente que vive en esas ciudades”. El arquitecto español Luis Alonso es así de tajante porque sabe que por mucha experiencia que tenga en el sector, nunca tendrá más pulso sobre una urbe que quienes viven en ella. Alonso, que en 2013 fue premiado en 2013 por MIT Technology Review en español como Innovador menor de 35 España por sus proyectos en materiales aislantes, ahora lidera el proyecto Andorra Living Lab del Media Lab del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT EEUU).

Esta iniciativa del MIT está convirtiendo al singular país pirenáico en un laboratorio de pruebas de planificación urbana. Pero Alonso afirma que “no tiene ningún sentido que el MIT vaya a un sitio y diga: ‘Tú lo que tienes que hacer es esto'”. Para él, la clave es acompañar a las ciudades en la búsqueda de soluciones a partir de la interpretación de sus datos y de herramientas tecnológicas. Para ello, minan y cruzan los datos de torres de telefonía para estudiar la movilidad, despliegan sensores en las escuelas para medir la eficiencia energética, y prueban un triciclo eléctrico autónomo desarrollado en el mismo laboratorio.

¿En qué consiste el Living Lab de Andorra?

Forma parte del proyecto Changing Places, cuyo objetivo es crear una red de ciudades conectadas con las que podamos colaborar y aprender de ellas para detectar la innovación. Innovación no son solo datos y chips sino que en cada sitio se entiende de una forma diferente. En Andorra existe un vínculo con el turismo. Están muy interesados no sólo en cómo incide en su economía sino en cómo generar un turismo del siglo XXI. ¿Qué es entonces un Living Lab? Un sitio donde puedes probar tecnologías, donde empresas como Google pueden ir y decir: “Quiero ensayar un coche eléctrico autónomo”. Están transformando la legislación para hacer cosas que en otros sitios no se pueden.

Foto: Herramienta predictiva para regular la congestión del tráfico a partir de ofertas personalizadas. Crédito: Changing Places – MIT Media Lab.

Foto: Herramienta predictiva para regular la congestión del tráfico a partir de ofertas personalizadas. Crédito: Changing Places – MIT Media Lab.

¿Cómo se organiza la colaboración con el MIT?

Andorra ha creado una fundación, Actua Tech, con la empresa de telecomunicaciones, la energética, el Gobierno, y también se han unido algunas tiendas. El objetivo es compartir los de forma segura, anonimizada y bajo estándares europeos. Esa información combinada con datos de otras fuentes, como los de las redes sociales, permite entender cada vez mejor el comportamiento del turismo. Saber si la gente se queda un día o se queda tres es un patrón comportamiento que ayuda a ofrecer productos para ellos, o incluso a calibrar el tipo de eventos que se quieren generar.

Lo interesante es que estamos ayudando a la Universidad de Andorra a crear un grupo de investigación internacional. El know-how siempre queda en el sitio con el que colaboramos. Creas una mesa de trabajo en la que puedes ir resolviendo algunas cuestiones. No somos una consultoría. Lo ideal es que puedan generar casos de uso que les interesen sin que les tengamos que ayudar, que repliquen nuestra tecnología.

Habla mucho de turistas pero, ¿qué pasa con los residentes?

Siempre hay que tenerlos en cuenta. Andorra es como una isla conectada por dos carreteras a Francia y España. No tienen ningún aeropuerto cercano, salvo uno pequeñito en la Seu D’Urgell (Cataluña). La única forma de llegar al país es mediante vehículos. Tenemos investigadores trabajando en esta cuestión a partir de datos de turistas y residentes. Tenemos una herramienta preparada y queremos hacer un piloto en primavera. Imagina que soy un español que pasa un fin de semana en Andorra: esquío, compro perfume y casi siempre echo gasolina porque es más barata. El siguiente fin de semana vuelvo y solo voy a esquiar. Entonces, mi móvil me dice: “Mira Luis, hay una hora de atasco. ¿Y si en vez de meterte en el atasco, te metes en este desvío y te doy dos cupones para que compres gasolina y perfume?”. Si el 40% de los usuarios de la red de transporte usa ese cupón, reduces el atasco de una hora a 15 minutos. Es muy interesante. Tenemos que tener en cuenta que el 90% de los usuarios de la red de transporte son turistas. En Andorra viven 70.000 personas, pero hay 200.000 visitantes al día. Esto son más de ocho millones de turistas al año.

¿Qué papel juega entonces ‘lo público’ en estas iniciativas?

A día de hoy es fundamental. Puedes colaborar con una empresa que tenga una magnífica idea, pero si el gobierno no está alineado no va a ocurrir. La legislación es muy importante. La administración tiene que estar alineada, y también los ayuntamientos y las agrupaciones de empresarios. Al final no es solo el gobierno, es toda la sociedad la que tiene que apostar por el proyecto.

¿Estamos convirtiendo los datos en un fetiche?

El potencial de los datos es brutal, pero estamos muy confundidos con lo que son. Los datos son un material que caduca muy rápido. Son interesantes si los sabes minar, si los sabes compartir. Compartirlos genera ecosistemas, nuevos negocios y filosofías de colaboración, pero precisamente todo el mundo tiene miedo de hacerlo. Meterlos en un cajón no vale para nada. Minar tus propios datos como empresa es lógico. Lo debería hacer todo el mundo. También deberían hacerlo los gobiernos y ofrecerlos en plataformas de open data para que la ciudadanía pueda ayudarles a entenderlos. En Andorra se lo están planteando, pero es complicado porque necesitas mucho conocimiento técnico.

Pero los datos tampoco son una panacea. Es una parte más que hay que trabajar para entender las ciudades y las personas, pero no la única. Además, los datos necesitan tres componentes: estar limpios y ser comprensibles, poder compartirlos y disponer de las herramientas técnicas y el know how para analizarlos.

Foto: El proyecto de Andorra Living Lab combina el minado de datos con su visualización a través de tecnologías como la realidad aumentada. Crédito: Changing Places – MIT Media Lab.

Foto: El proyecto de Andorra Living Lab combina el minado de datos con su visualización a través de tecnologías como la realidad aumentada. Crédito: Changing Places – MIT Media Lab.

 

Visto así, los datos serían el principio del camino, no el final.

Efectivamente. Hablas con mucha gente, por ejemplo alguna telecom en América Latina, y dice: “Te doy mis datos por un millón de dólares”. Eso no tiene sentido. Lo que deberían decir es: “Te comparto mis datos y tú compartes los tuyos”. Así podemos entender a mis clientes y a los tuyos, a mis ciudadanos y a los tuyos.

Ciudades inteligentes, ciudades ecológicas… ya no hablamos de eso; hablamos de ciencia de ciudades, planeadas a escala humana y capaces de ofrecer cada vez más beneficios a la vida humana. Eso puedes conseguirlo con datos o con otras muchas cosas, pero no sólo con datos.

¿Se han convertido las smart cities en un cliché?

La smart city se ha convertido en una etiqueta y un mercado, que no es necesariamente malo. Lo que pasa es lo que hacen las empresas es darte paquetes precocinados de lo que necesita una ciudad. Es todo lo contrario a lo que nosotros buscamos. Una empresa te dice: “Tienes que comprar mis luces inteligentes porque es lo que se está poniendo en todos los sitios”, y tú piensas: “Espera, a lo mejor no necesito luces inteligentes”. O sí, pero las necesitas dentro de un proyecto que dé una calidad de vida mejor al ciudadano, no porque sea lo que se lleva. Hay un montón de productos precocinados como la nube en la que tienes y compartes los datos, pero a muchas ciudades primero hay que explicarles lo que necesitas para trabajar con datos. Ese es el peligro de las smart cities: están muy de moda, pero poca gente ve la globalidad de lo que significa una ciudad inteligente.

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