Harvard Business Review

Cómo teletrabajar sin perder la cabeza

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Por Alison Buckholtz (Traducido por Teresa Woods)

Los teletrabajadores a veces nos sentimos culpables o desagradecidos al confesarlo, pero seamos sinceros: a menudo echamos de menos la oficina. Hasta los compañeros parlanchines, desordenados o agresivos que te obligabas a ignorar cuando se sentaban cerca, pueden parecer entrañables cuando una trabaja acompañada sólo por el tic-tac del reloj de su cocina.

Llevo teletrabajando casi 15 años. A veces ha sido a través de océanos y zonas horarias (somos una familia con militares) y a veces desde el otro lado de la misma ciudad (escaseaba el sitio en la oficina; era esclava de los horarios de mis hijos; toda la operación era virtual). En este momento de mi carrera como escritora y consultora, he trabajado para corporaciones multinacionales, bancos de desarrollo internacionales, asociaciones y organizaciones sin ánimo de lucro. He identificado una constante a lo largo de toda esta experiencia a distancia: no importa cuán gratificante sean las tareas ni lo introvertido que se crea ser, el teletrabajo nos hace añorar la compañía humana.

Estos son mis consejos. No siempre los sigo pero me siento más feliz cuando lo hago.

  1. Utilice el tiempo que ahorra para leer un buen libro. La mayoría de la gente lee en el transporte público. Yo lo hacía cuando trabajé durante 10 años en una oficina de Washington D.C. (EEUU). Ahora que trabajo desde casa, me permito media hora a las 8:00 y a las 17:00 para coger el libro que esté leyendo. Lo que absorbo normalmente se cuela en lo que escribo; aporta una perspectiva fresca. Ahora mismo voy por la mitad de El giro. De cómo un manuscrito olvidado contribuyó a crear el mundo moderno (The Swerve: How the World Became Modern) de Stephen Greenblatt. Su historia sobre un bibliófilo que descubre un antiguo poema con el que abre la puerta cultural al Renacimiento me ha inspirado para escribir de manera creativa sobre un proyecto de capital riesgo en un informe. De verdad.
  2. Salga de casa al menos una vez al día. Igual que el general Stanley McChrystal recomienda hacer la cama siempre nada más levantarse -por malo que sea el día, ya habrá logrado hacer al menos una cosa-, salir de casa permite sentirse realizada. Dése una vuelta por su barrio, acuda a la oficina de correos o a la tintorería, lleve una pila de revistas antiguas a la sala de espera de un hospital. Invéntese un recado si no tiene ninguno. Existe una salvedad: resístase a la tentación de malgastar cinco euros en Starbucks porque se convertirá en un hábito. Podrá dictar cuánto tiempo se alejará del trabajo en función de los plazos de entrega que maneje pero tan poco como 10 minutos dedicados a cumplir algún objetivo tangible no relacionado con el trabajo servirá. No necesita hacer la cama, a menos que eso impida que se vuelva a meter dentro.
  3. No concierte “citas” para trabajar juntos sólo porque la otra persona teletrabaje también. ¿Se acuerda de la compañera de habitación insoportable con la que le emparejaron en la universidad al azar solo por haber nacido el mismo año? Si no tuvo, le puedo prestar la mía, que estaba obsesionada con los cúters. Reunirse con otros teletrabajadores para “hacerse compañía” se parece algo a eso. Si no le cae bien la persona que teclea sin cesar desde el otro lado de la cafetería, tampoco tendrán ningún vínculo especial sólo porque las dos huyan del desánimo de media mañana. Al final, el sonido de sus dedos contra las teclas le hará querer agarrar el tenedor más próximo y clavárselo en la mano. Se morirá de ganas de marcharse, pero habrá pagado demasiado por ese estúpido capuchino.
  4. Haga feliz a otra persona. Antes tenía siempre una imagen en la pared. Una tortuga de dibujo animado cayéndose desde el techo, presumiblemente hacia su muerte, mientras dice, “Uuuuiiiii, ¡estoy volando!”. El bocadillo parecía instar a los pesimistas que llevamos dentro a buscar el lado positivo de cada situación (aunque para empezar no esté claro por qué la tortuga estaba en el techo). Intento recordar esto durante la hora más desesperante del día, normalmente alrededor de las dos de la tarde. Mis ojos están más secos que un desierto y son como ortigas clavadas de tanto mirar la pantalla del ordenador. Apenas siento mi trasero tras no moverme durante horas. Me encuentro al borde de buscar antiguos novios en Facebook o atiborrarme de los brownies que llevan un año en el congelador. Así que esto es lo que hago: llamo a mi abuela de 98 años de edad, porque sé que le hará feliz. Cuando cuelgo, un puntito de luz se cuela en mi ánimo. Me echo gotas en los ojos, cierro Facebook (otra vez) y vuelvo al trabajo.
  5. Repítase “¡Para eso es el dinero!”. Mi escena favorita de Mad Men es cuando Peggy se queja de que no se le reconoce su ingenioso material publicitario y Don Draper, su jefe, contesta: “¡Para eso es el dinero!”. Sí, sentirse reconocido está bien, pero el propósito del trabajo es cobrar un sueldo. Es un hecho innegable. Trabajar desde casa significa que ningún compañero observará cuánto tiempo le llevó volver a redactar el informe incomprensible de otra persona, ni escuchará con qué destreza recondujo una llamada complicada. Tampoco entenderá la profundidad de su investigación para que un cliente comprendiese un concepto técnico con la misma facilidad que un experto. Nadie se lo reconocerá, pero desde luego que alguien se alegrará de recibir el fruto de su encargo cuando lo termine. Y usted, a cambio, recibirá su sueldo directamente en casa, en pijama y sin haberse duchado.
  6. Haga ejercicio. Mi cinta de correr es la mejor inversión para conciliar la vida personal y profesional que haya hecho jamás. Sin importar el tiempo que haga fuera, me subo todos los días. No hablo de hacer ejercicio para perder peso, aunque podría ser una ventaja añadida. Hablo de hacer ejercicio en pro de la salud mental y la productividad. Haga un esfuerzo físico que canse lo suficiente como para dejar la mente en blanco. Entonces podrá repoblar su cerebro con problemas y temas que resolverá mejor gracias a su renovada perspectiva. Tiene que ser un ejercicio que le permita no pensar en nada más que en lo que hace en ese instante, que le haga sudar la camiseta y le deje agotado y eufórico. El agotamiento no durará, pero la euforia sí. Le ayudará a superar el resto de su solitaria jornada.
  7. Cuando todo lo demás falle, piense en Maverick. Conozco a un piloto de la marina de Estados Unidos –llamémosle Maverick– que sirvió a bordo de un portaaviones durante ocho meses en la guerra de Irak. Si nunca ha visto aterrizar sobre un portaaviones de noche cerrada, le aseguro que resulta terrorífico. Pero volar durante la guerra, incluso aterrizar a oscuras, fue un placer para Maverick en comparación con los abusos sufridos a las órdenes de un jefe sediento de poder. Una vez, cuando su jefe le llamó a su camarote a las cinco de la madrugada para cantarle las cuarenta sobre alguna supuesta irregularidad, la reunión terminó con un teléfono de disco de la década de 1960 volando contra la cabeza de Maverick. No le dio. Su historia me reconforta cuando me encuentro encorvada sobre mi portátil y siento lástima de mí misma: no aterrizo un avión sobre un portaaviones de noche cerrada y en guerra. No trabajo a las cinco de la madrugada. No esquivo teléfonos lanzados por un loco cuyo juicio no puedo cuestionar bajo pena de traición. Hablando de teléfonos, necesito llamar a mi abuela.

 

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